El Valor de la Oración

Era el año de 1872, cuando D. L. Moody decidió ir a Inglaterra por un tiempo para aprender de los grandes predicadores de aquellos días. Él había decidido simplemente sentarse y escuchar y no hacer ningún tipo de ministerio.

Un pastor llamado John Lessey, al oír que Moody estaba en la ciudad, le rogó que predicará en su iglesia el domingo en la mañana y en la tarde. De mala gana, Moody aceptó el pedido del pastor de esta mediana iglesia en Londres.

El sermón de la mañana no fue para nada bueno.

Las personas nos mostraban respuesta. Estaban aburridas y no querían estar ahí.

Moody, casi declinó de predicar en el servicio de la tarde a causa de la increíble apatía de la cuál había sido testigo en la mañana, pero decidió hacerlo para guardar su palabra.

En esta ocasión fue una historia totalmente diferente. Él dijo que cuando comenzó a predicar en el servicio de la tarde había un sentimiento distinto. Las personas estaban sentadas al borde de sus sillas. Estaban escuchando atentamente y algunos incluso se estaban poniendo emotivos.

Al final del servicio el decidió preguntar que quienes querían comprometer su vida a Cristo y unirse a la iglesia, se pusieran de pie para que él orara por ellos. Muchos se pusieron de pie. Impresionado y confundido, Moody les hizo sentar. El volvió a predicar el evangelio otra vez pensando que la primera vez había dejado algo por fuera. Confiando, el llamó al arrepentimiento y confianza en Cristo y sólo en él, esta vez con más claridad que la anterior. Así que de nuevo preguntó si había algún interesado. Sensacionalmente, aún más se pusieron de pie.

Moody aún incrédulo, basado en el hecho que estas mismas personas parecía que le querían arrojar tomates unas pocas horas antes, cerró el servicio y dijo a la multitud que si alguno quería venir a Cristo, él y el pastor tendían una reunión en un salón diferente después del servicio.

Cuando él entró, el salón estaba lleno. Después de pedir a las personas que se sentaran volvió a predicar por unos minutos, explicando el evangelio de nuevo. El cerró el tiempo diciéndoles que el pastor tendría una reunión de oración la siguiente noche, y que si ellos querían ser miembros de la iglesia, deberían volver al día siguiente.

Moody dejó Londres tomando un barco para ir a Irlanda. El martes al llegar le fue entregado un telegrama urgente. En este el pastor Lessey le dijo a Moody que mucho más gente apareció en la reunión de oración y le urgía que volviera a Londres. Después de diez días de increíble ministerio en Londras, donde más de 400 personas se unieron a la iglesia, Moody estaba convencido que algo inusual había sucedido ahí.

El comenzó a jugar al detective, convencido de que alguien había orado por él y empezó a tratar de encontrar lo que había sucedido ese domingo.

Su investigación le guio a un pequeño hospital donde Marianne Adlard estaban. Ella era miembro de la iglesia donde Moody había predicado. Ella se había perdido el servicio de la mañana del domingo a causa de su estado de salud, y uno de los miembros de la iglesia le vistió en el hospital. Mientras que la hermana le contaba sobre el servicio de la mañana, ella mencionó que Moody había predicado ese domingo.

Marianne había conocido sobre Moody hacía un par de años atrás. Ella había oído sobre su increíble obra con los niños en Chicago. Así que, ella comenzó a orar por él. De hecho, ella había orado para que un día viniera a predicar a Londres.

Después de saber que había predicado en su iglesia, en lugar de tomar su almuerzo decidió ayunar y orar por él toda la tarde para que el Señor usara a Moody esa tarde en su querido lugar de adoración. El Señor escuchó su fiel oración de una joven mujer enferma y la respondió en una gran manera.

Moody predicó a millones de personas y el Señor lo uso de una forma poderosa para salvar a muchos y añadirlos a la iglesia. Pero su confianza en el ministerio sólo creció a través de la experiencia de tener a una perseverante y pequeña mujer que se había comprometido a orar continuamente por él hasta el día en que muriera.

El fácil ir en el ministerio sin pensar en el poder de la oración, y la forma en que Dios la usa para cumplir su voluntad. A veces predicamos muchas veces en el mes, compartimos el evangelio con docenas de personas y aún así lo hacemos en nuestras propias fuerzas sin personas que oren por nosotros.

Oro para que esta historia sirva como un recordatorio que no importa cuan famoso o talentoso un predicador pueda ser, no lo puede ser sin la obra del Señor.

Oro para que si te sientes insignificante, o no respetado como lo pudo ser Marianne, tenga un encuentro con el Señor, que pueda orar fervientemente, confiando que el Señor use sus oraciones para traer muchos al Señor.

Le animo a que no ore fervientemente solo por usted y para que el Señor le use, le animo a que ore por su pastor, quien trabaja fuerte para predicar la verdad pero que no tiene poder a menos que el Espíritu Santo trabaje en su corazón y en el de los que son ministrados por él.

 

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2 respuestas a “El Valor de la Oración

  1. Muy buen testimonio, gracias por compartir ya que es de ánimo, para nosotros. No podemos descuidar lo importante que es la oración para nuestra vida y Ministerio. Bendiciones!!

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